¿Qué buscamos cuando nos vengamos?

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Felipe Matamala - La Tercera

13 / 05 / 2021

En un artículo titulado ‘Why Getting Even May Make You Feel Worst in the Long Run’ (Por qué desquitarse podría hacerte sentir peor en el largo plazo) publicado en el medio The Washington Post, se plantea que cuando nos sentimos atacados, abusados o rechazados socialmente, la tendencia es a buscar venganza, o dañar a aquellos que nos han hecho daño a nosotros. Y es que se suele creer, como explica el análisis, que la lógica del ‘ojo por ojo’ es la que entrega una sensación de catarsis y cierre final. Pero, según revelan las investigaciones recientes, esa sensación es atribuible únicamente a una primera instancia, porque los efectos positivos en realidad son fugaces y lo que predomina a largo plazo es una sensación de malestar y dificultad por dejar ir lo acontecido.

Así lo demuestra un estudio citado en el artículo, en el que los participantes se vieron enfrentados a un juego de inversiones en el que algunos fueron traicionados por sus propios compañeros. A ellos los dividieron en dos grupos; los que podían tomar represalias y los que no. A los primeros, frente a la pregunta inicial de los investigadores con respecto a cómo imaginaban que se sentirían después de vengarse, todos predijeron que ciertamente se sentirían mejor. Pero tiempo después se develó que los jugadores que no habían tenido esa posibilidad se sentían mucho mejor, porque ellos en cambio habían podido superar la traición y seguir con sus vidas. Los que habían podido vengarse cargaban con un malestar porque habían enganchado mucho más con lo ocurrido.

El psicoanalista y académico de la Universidad Diego Portales, Felipe Matamala, explica que el impulso vengativo tiene que ver con sentimientos de odio y desquite (o retaliación) que surgen luego de haber sufrido algún daño o una experiencia de frustración en la que la realidad no se condice con lo que queríamos o esperábamos. En esas circunstancias, nuestro psiquismo tiende a querer devolver ese enojo que nos invade, a modo de restitución del dolor que hemos vivido. Y esa sensación –que se puede asociar tanto a la envidia como al odio– está presente en nosotros desde la temprana infancia.

De hecho, en 1959 la psicoanalista austriaca Melanie Klein, cuyos estudios se centraron principalmente en el desarrollo infantil, planteó en su libro Envidia y Gratitud que la envidia es parte de un proceso natural que todos vivimos en la infancia, que nace del sentimiento de enojo y que se traduce en el impulso y deseo de poseer –algo o alguien– con el fin de que nos otorgue cierto placer. Pone como ejemplo la escena más gráfica y explícita que da cuenta de la primera vez que la sentimos; la que Freud denominó como el triángulo edípico, entre niña o niño y sus padres. “En esa escena, el hijo o hija desea tanto a la figura materna, que cuando irrumpe la figura paterna y esa guagua se da cuenta que ya no ocupa el lugar que ocupaba para su madre, aparece por primera vez la sensación de envidia”, explica Matamala. “De ese sentimiento que surge ante la imposibilidad de poseer el objeto de deseo, se desprende el impulso o la fantasía de anular a ese otro que sí tiene lo que queremos, con el único fin de restablecer en nosotros el sentido de integración”, termina. Ahí, en esa etapa del desarrollo temprano, se articula por primera vez el impulso hacia la acción del desquite contra una persona en respuesta a una acción negativa percibida. Pero ¿qué es lo que esperamos realmente de una venganza?