Pensar la salud mental desde la vida cotidiana: jornada del Programa Saberes Psi UDP abordó cuidado, desigualdad y diferencia
La instancia reunió a la Dra. Pía Uribe y al Dr. Sebastián Rojas en la Facultad de Psicología UDP, en un encuentro que propuso repensar la salud mental desde la etnografía, cuestionando las nociones tradicionales de cuidado, diagnóstico y bienestar.
27 / 04 / 2026
¿Cómo se sostiene la vida en contextos donde el cuidado no es pleno ni continuo? ¿De qué manera las desigualdades sociales atraviesan las prácticas clínicas y los diagnósticos en salud mental? Estas fueron algunas de las preguntas que articuló la jornada “Salud mental y cuidado: perspectivas etnográficas para abordar la diferencia”, organizada por el Programa de Investigación en Historia y Teoría Crítica de los Saberes Psi de la Universidad Diego Portales.
La actividad, realizada en el marco del curso “Psicoanálisis, teoría crítica y saberes psi”, inició un ciclo de tres jornadas que este año estarán marcadas por un eje común: el uso de la etnografía como herramienta para comprender fenómenos complejos en salud mental desde una perspectiva situada.
En la apertura, la académica de Psicología UDP Adriana Kaulino subrayó el carácter crítico de este enfoque, destacando su capacidad para desplazar la mirada desde la enfermedad individual hacia las condiciones sociales, políticas y culturales que configuran el malestar. Desde ahí, la jornada propuso un ejercicio de reflexión que tensionó categorías aparentemente evidentes como cuidado, bienestar o diagnóstico.
El bienestar como algo que se construye
La primera exposición estuvo a cargo del Dr. Sebastián Rojas, quien presentó “Los cuidados como práctica cotidiana más allá de la ética: reflexiones sobre salud mental y bienestar con niños de barrios vulnerables de Chile”. A partir de una investigación de largo aliento, su trabajo se centró en cómo niñas y niños habitan territorios marcados por la violencia y la precariedad.
Lejos de entender el bienestar como un estado interno o estable, su análisis lo sitúa en la experiencia cotidiana: en los recorridos que se ajustan, en los espacios que se evitan, en las decisiones que se toman en función de lo que ocurre en el entorno.
En ese marco, cuestionó directamente las formas en que se construyen las políticas públicas: “Muchas veces se trabaja con nociones fijas del bienestar, como si fuera algo interno. Pero lo que vemos es que se construye en movimiento, en la relación con otros, con los espacios y con el entorno”.
Desde esta perspectiva, prácticas como rodear una calle, cambiar un trayecto o restringir horarios no son solo efectos de la desigualdad, sino también formas concretas de sostener la vida. Esto implica ampliar el lenguaje con el que se piensa el cuidado, incorporando dimensiones que no siempre encajan en sus definiciones más tradicionales.
Más que una ausencia de cuidado, lo que aparece, planteó, es un campo más complejo, donde distintas prácticas conviven y permiten habitar entornos adversos: “No podemos pensar el bienestar sin el contexto. Hay una relación constante entre nosotros y el mundo que habitamos. Eso abre una mirada más ecológica, donde el cuidado no es solo individual”.
Diagnósticos, poder y relaciones sociales
La segunda presentación, a cargo de la Dra. Pía Uribe, abordó esta problemática desde otro ángulo. En su ponencia “Procesos de alterización en la relación de cuidado: interseccionalidad y ambivalencias a partir de investigaciones etnográficas en salud mental”, propuso analizar cómo las relaciones de cuidado están atravesadas por procesos sociales de diferenciación.
A partir de estudios desarrollados en distintos contextos, como Chile, Francia, Japón y Estados Unidos, su exposición mostró que los diagnósticos y tratamientos no operan en un vacío técnico, sino en relaciones concretas, marcadas por categorías como clase, género, edad o etnia.
Desde ahí, planteó una idea central: los diagnósticos no son neutros. “La alterización permite ver cómo la relación de cuidado está atravesada por las características sociales de pacientes, profesionales e instituciones. Los diagnósticos son espacios de negociación, cargados de dimensiones sociales y morales”.
Su análisis enfatizó que estas dinámicas no solo responden a estructuras amplias, sino que se juegan en el plano de las interacciones cotidianas. Es en ese nivel, en la práctica concreta, donde las desigualdades se reproducen, pero también donde pueden abrirse espacios de tensión o transformación. “Las prácticas de diagnóstico son relaciones sociales. En ellas se pueden reproducir desigualdades, pero también generar espacios de resistencia”.
Una mirada situada sobre la salud mental
Más allá de sus diferencias, ambas exposiciones convergieron en una idea clave: la salud mental no puede entenderse sin considerar las condiciones sociales en las que se produce la vida cotidiana.
Tanto desde el análisis de la infancia en territorios urbanos como desde la revisión de las relaciones clínicas, la jornada evidenció que el cuidado, el bienestar y el sufrimiento psíquico son fenómenos relacionales, atravesados por contextos, instituciones y vínculos.
En ese sentido, la etnografía apareció no solo como una metodología, sino como una forma de producir conocimiento capaz de complejizar los marcos tradicionales y abrir nuevas preguntas sobre la desigualdad, la diferencia y las formas en que se sostiene la vida.
El encuentro tuvo también un componente significativo para sus expositores, ambos Alumni UDP, quienes destacaron el valor del espacio como instancia de reencuentro académico y continuidad de una tradición crítica en la formación.
La jornada marcó el inicio de un ciclo que continuará durante el segundo semestre, con nuevas instancias centradas en la etnografía y sus aportes para pensar los desafíos contemporáneos en salud mental.
