Albana Paganini, Directora Clínica Psicológica UDP
13 / 07 / 2020
El Coronavirus desencadenó una pandemia y con ella la cuarentena. De un día para otro nuestras rutinas se desarmaron, cerramos la consulta, los lugares de tránsito habituales quedaron atrás, nos confinamos en nuestras casas. Nos vimos de repente atendiendo pacientes vía remota, arrojados a la vorágine del teletrabajo. No debemos desconocer las implicancias que esto tiene cuando lo auto conservativo corre riesgos para nosotros y para nuestros pacientes. Diría que nuestras vidas se desorganizaron a nivel mundial, no queda una exterioridad libre de pandemia, el virus borró de un plumazo la discontinuidad espacial y temporal cerrando fronteras. Vivimos como si todos los días fueran iguales, estamos de alguna manera viviendo como la película “El día de la marmota”. Una pesadilla que transforma una rutina habitual en una inquietante extrañeza, que se repite una y otra vez, aquello que Freud nombraba como “Lo ominoso”. Por otra parte, la pandemia puso en evidencia la precariedad de los sistemas neoliberales, como las sociedades que se rigen por la lógica del mercado dejan en la intemperie a las personas en un estado de indefensión. Indefensión entendida como señala Laplanche: un estado de “des auxilio” del otro que ocasiona angustias de aniquilación efecto de la ausencia de sostén.
En el contexto actual discutir si la virtualidad podría ser admisible en el espacio psicoanalítico me parece bizantino. Más bien debemos reflexionar sobre nuestra función como psicoanalistas en las condiciones actuales, en tiempos de inquietante extrañeza y desamparo. El despliegue de un abanico de dispositivos nos coloca en un lugar diferente, lejos del abrigo de nuestras consultas en una suerte de espacio compartido: podemos escuchar voces en la habitación contigua, conocer las mascotas de nuestros pacientes, ver cuadros, ropa tendida en un balcón. Objetos y hábitats que antes solo tenían una presencia lenguajera en nuestra consulta ahora se hacen presentes como un telón de fondo. Me parece importante pensar como la intimidad se proyecta en la pantalla. Es interesante pensar en las diferencias, sin que obturen la posibilidad de atención actual. Revisando varios protocolos sobre atención remota, me llama la atención como muchos de ellos tratan de validar la atención remota trasladando el espacio continente otro de la consulta a la virtualidad de una manera casi literal, como si la presencialidad fuera reemplazable. Estimo que la reflexión podría hacerse desde una lógica de las diferencias sin que estas sean necesariamente opositivas o invalidantes, sino más bien introducir la heterogeneidad como un derrotero que guie la reflexión.
La virtualidad proyecta imágenes sin cuerpo. El cuerpo metaboliza los afectos, las palabras se enlazan en la resonancia del cuerpo. El tono y la postura forman parte del dialogo analítico. Recordé por estos días un texto de Ricardo Rodulfo sobre la clínica del vacío a propósito de los niños con Hiperactividad. Rodulfo mencionaba que esta clínica del vacío tenía un rasgo particular, porque era un vacío sostenido en un exceso de movimiento. Un vacío porque no se podía construir algo del Fort-Da, la presencia y ausencia que permite habitar un cuerpo, pero sobre todo porque el Fort-Da construye la tridimensionalidad que atraviesa el tiempo y el espacio. Mi recuerdo se sostiene en la monotonía de los relatos que escucho de algunos pacientes, se repiten a veces sin ritmo, en una inercia marcada por un yo que refleja una superficie plana, opaca, continua, sin discontinuidades, por momentos un yo melancolizado. Parte del trabajo clínico sería introducir cierta discontinuidad frente al exceso de lo continuo. Lo menciono a propósito de la frecuencia en las sesiones, los tiempos y los efectos en la transferencia. Pienso como introducir los discontinuo, cuando la presencialidad no es posible.
Freud, a propósito de las neurosis de guerra, mencionaba que lo traumático ocurría en aquellos que iban en la retaguardia no en la primera línea, una herida, un traumatismo físico protege de alguna manera al aparato psíquico. Lo acontencial se pega en su propia repetición vacía, sin embargo, en ocasiones irrumpe un sueño de angustia. Serán esas irrupciones formas de expresión corpóreas tempestivas, pulsantes, que quiebran justamente la superficie del relato virtual. Un paciente mencionaba en sesión un sueño muy vívido donde su cuerpo sentía el dolor de un cuchillo que lo laceraba. Durante la sesión describía el dolor de su cuerpo, la sesión poco a poco dejó de ser un reporte de su cotidianidad, para situar y situarse en su propio malestar.
André Green menciona que la angustia es la epifanía del sujeto, confronta al sujeto con su propio conflicto interior. Tal vez aquí lo traumático habría que situarlo en el sentido de aquello que Green mencionaba como narcisismo de muerte, es decir el vaciamiento que produce la pulsión de muerte en forma silenciosa, no solo se trata de la desinvestidura del mundo, sino también el yo pierde su funcionamiento objetalizante.
Por último, me parece importante poder distinguir en el trabajo clínico lo que podría ser una catástrofe definida por las formas en que una crisis abarca a los sectores de una población (la pandemia es una catástrofe) del concepto de traumatismo. El traumatismo determina el modo por el cual las catástrofes padecidas por todos atacan la subjetividad de manera diferente en quienes lo padecen. Estimo importante mencionarlo por estos días, cuando se escuchan muchas generalizaciones con relación a conceptos como traumatismo, duelos, depresión, etc. Pensaba, con cierto humor, que los clínicos tampoco sabemos muy bien como nombrar lo que está ocurriendo, que la ciencia desconoce y que no podemos saber cuándo finaliza. Nos apuramos por conceptualizar y poner palabras en algo que podremos nombrar cuando en su devenir, la pandemia y sus efectos se transforme en el relato de un acontecimiento que pueda encadenarse en la historia. Por el momento tal vez comprender que no solo se pone en juego la subjetividad de quien nos toca cuidar, sino también la nuestra. La demanda en tiempos de virus nos sitúa en una posición de vulnerabilidad que debemos considerar.
