Álvaro Jiménez - La Tercera
23 / 03 / 2021
Giselle (15) recuerda con fecha y horario exacto la vez que abrió su Whatsapp y vio que en el grupo de sus compañeros del colegio tenía 189 mensajes sin leer. Deslizó el dedo por la pantalla para poder leer la conversación desde el principio, y en la medida que fue subiendo, vio que su nombre había sido etiquetado varias veces. Se puso ansiosa y movió el dedo más rápido. Hasta que se detuvo. Ahí, en su pantalla, vio que había una foto de ella –probablemente sacada en la clase online a la que habían asistido media hora antes– con un texto que acompañaba y decía ‘esto es lo único que sabe hacer’. En la imagen aparecía ella con la boca abierta comiendo un plátano.
Estuvo helada durante varios segundos. Sintió pena y rabia, pero por sobre todo vergüenza. Tanta, de hecho, que no quiso seguir leyendo. Pero en paralelo su amiga le había escrito por interno que no se sabía quién había sido el autor de la imagen pero que juntas lo iban a averiguar. Le prometía que se trataba de un pantallazo inoportuno, sacado de contexto, pero que no tendría mayores repercusiones. Pero Giselle solo podía pensar en los 189 mensajes que había suscitado la foto. Una foto, por cierto, tomada sin su consentimiento, en la que ella realizaba un acto totalmente mundano e inocuo. Y una foto que finalmente se viralizó y estuvo dando vueltas durante meses. Cada vez que la situación lo ameritara, alguien volvía a mandarla por mensaje. Y a Giselle se le apretaba el pecho cada vez que la veía.
No dijo nunca nada y no le contó ni a sus papás ni a los coordinadores del colegio. Por lo contrario, se aseguró de no prender nunca más la cámara durante los meses de clases virtuales. Y cuando su amiga le dijo que podían denunciar, mostrar los pantallazos y contarle a sus papás, ella solo le pidió que lo olvidaran.
Esta no era la primera vez que Giselle sufría una situación de acoso. A los 14, luego de pelearse con la que hasta ese entonces había sido su amiga más cercana, fue víctima de una serie de hostigamientos en la sala de clases. Recibió durante mucho tiempo notas anónimas con mensajes agresivos respecto a su apariencia física. Que tenía caspa, que había subido de peso y que nunca iba a tener pololo. Un día, de hecho, encontró un cuaderno en el laboratorio de ciencia y cuando lo abrió encontró una conversación escrita entre varios en la que se comentaba lo que se había puesto el día anterior, cuando presentó frente a todo el curso. ‘Esa polera la hace ver más pechugona’, decía un comentario. ‘Eso es lo que quiere’, decía otro. Esa vez, sintiéndose expuesta y movida por una tristeza e incomodidad profunda que nunca antes había sentido, trató de acercarse a su ex amiga para preguntarle si había sido ella, pero solo fue ignorada y objeto de risas por parte de todo el grupo. Desde ahí en adelante decidió que no sacaba nada con enfrentar estas situaciones. Las soportaría en silencio y haría su mayor esfuerzo para hacer de cuenta que no ocurrían. Total, algún día tendrían que pasar.
El problema es que no dimensionó que en tiempos de pandemia, lo que antes lograba delimitar a un único espacio físico –el colegio–, la perseguiría durante todo el día. Y es que es eso lo que caracteriza al ciberacoso y ciberbullying; que se vuelve omnipresente, porque las plataformas tecnológicas por las que se realiza también lo son.
Giselle no es la única. Los estudios internacionales demuestran que 1 de cada 3 niños estaría implicado –siendo víctima, victimario o testigo– en alguna forma de acoso. Mientras que 1 de cada 5 en alguna forma de ciberacoso. Y es que el bullying como fenómeno ha estado presente siempre, pero recién en las últimas décadas se lo denominó, clasificó y empezaron los estudios. El psicólogo, académico de la Universidad Diego Portales e investigador de Núcleo Milenio, Álvaro Jiménez, explica que si bien el fenómeno ha variado a lo largo del tiempo, hay ciertas características que son definitorias: Para que se trate de acoso o bullying, tiene que haber una intención de dañar al otro. En segundo lugar, tiene que haber un desequilibrio de poder, porque el agresor es o físicamente más fuerte o tiene mayor influencia social que la víctima. En tercer lugar, tiene que ser repetitivo y sistémico y, por último, que predomine la ley del silencio. “Yo agrego esa cuarta definición porque es transversal a todos los casos; en esa lógica de asimetría de poder, tanto los participantes como los testigos se quedan callados y por ende se genera un círculo vicioso y se invisibiliza el acoso”, explica.
