Columna de opinión: “Cuerpo, mundo, y la experiencia de la pandemia”

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Por Daniel Rojas Líbano, académico de Psicología UDP y director del Magíster en Neurociencia Social y del Diplomado en Neurociencia Cognitiva y Social.

10 / 09 / 2020

Corren tiempos difíciles. Cuándo no, diríamos los no tan optimistas. Pandemias, injusticias, desastres naturales. Aún cuando las dificultades parecen no haberse detenido nunca, el reciente contexto de pandemia nos trae problemas de dimensiones nuevas, en escenarios extraños, con una incertidumbre inusual. Todo para millones de personas simultáneamente.

Es posible concebir la historia humana como el intento por dejar de estar a merced de las circunstancias del entorno. El control de los fenómenos naturales, desde el fuego hasta las tecnologías actuales, es el deseo de incidir en el curso de los acontecimientos, y no simplemente padecerlos. Esa emancipación tiene aspectos interpretables como una progresiva esclavización también. Pero ahora me centro en el movimiento con el que buscamos aislarnos de lo que históricamente nos ha atormentado, por incomodidad y por incertidumbre: enfermedades, hambre, frío.

Ocurre hoy una condición global de incomodidad e incertidumbre que no nos deja caminar como antes, pero tampoco pensar, hablar, interactuar, relacionarnos como lo hacíamos. A la vez, nos muestra que las memorias y experiencias, las emociones y los vínculos que valoramos, están entretejidos a nuestras existencias corporales y biológicas. Si hay algo que agradecer a estas pandemias, es volver a ponernos en contacto con este simple hecho. Las enfermedades crónicas, las condiciones adquiridas que disminuyen nuestras capacidades, una alergia profunda, un golpe en la cabeza, las secuelas de un accidente. Una pandemia. Todas nos hacen ver lo que usualmente damos por sentado: las capacidades de nuestro cuerpo de funcionar y fluir en nuestras tareas cotidianas, y con ello, nuestra experiencia del mundo.

Las soluciones ya toman forma, con vacunas avanzando, con la contención de contagios, y un progresivo conocimiento sobre el virus. Pero mal haríamos en cerrar los ojos mientras atravesamos por esto, teniendo como único objetivo la vuelta a nuestra vida anterior. Esto es un ensayo de la escala que ciertos fenómenos pueden adquirir en nuestro mundo actual. El desafío de los problemas ambientales ya está aquí, golpeando la puerta. El desastre ambiental es producto también de olvidar que existimos en un mundo concreto, finito, cuyas condiciones tenemos que considerar.

La forma de enfrentar estos problemas, que enhebran prácticamente todas las dimensiones y escalas de nuestra vida, es la integración profunda de perspectivas y saberes. La antigua, y perpetuada, disociación de las disciplinas “humanistas” de las “científicas” es extremadamente artificial, si aspiramos a entender nuestro mundo e incidir en el curso de los acontecimientos de las maneras que consideremos más justas, más éticas, y que de alguna manera logremos consensuar. Necesitamos todas nuestras capacidades, técnicas y reflexivas, para los desafíos que enfrentan nuestras sociedades, que son simultáneamente biológicos, sociales, políticos y materiales. Nuestras existencias siempre han sido materiales y mentales, cuerpos y experiencias, indisolublemente vinculados a nuestros ambientes.