Andrea Álvarez y su investigación sobre violencia hacia la mujer en diversos contextos

La Doctora en Antropología Social de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), egresó de la Facultad de Psicología UDP el año 1994, y ha investigado el fenómeno de la violencia hacia la mujer en distintos contextos rurales nacionales e internacionales.

-¿En qué año ingresaste a la UDP y en qué año te titulaste?

Andrea Álvarez, Egresada 1994

Soy de las primeras generaciones de alumnos de la UDP… Ingresé el año 1986, cuando el edificio de la escuela de Psicología aún no se remodelaba… era una casona antigua, muy bonita con piso de madera. Terminé en el año 1992 cuando hice mi práctica profesional en psicología social-comunitaria en la población La Legua, donde Domingo Asún había hecho un contacto con la ONG La Caleta Sur que trabajaba con chicos con problemas de adicción a drogas fuertes como pasta base. La tesis la hice ahí mismo; me pareció un lugar interesantísimo para comprender la realidad social y biográfica de los jóvenes de sectores marginales.

Trabajamos con Paula Contreras con chicos y chicas de grupos de esquina dando cuenta de una expresión informal de participación juvenil, no regida por los cánones y propuestas estatales, sino por lógicas barriales, comunitarias y de sobrevivencia. María Isabel Toledo fue nuestra asesora metodológica, te estoy hablando del año 1993, antes que ella se fuera a estudiar su doctorado a Lovaina, y Domingo fue nuestro profesor guía de Tesis. Nos fue muy bien, nos graduamos en enero de 1994.

-¿Cómo fue tu paso por la UDP?

Eran tiempos de dictadura y estábamos estudiando con docentes que habían sido expulsados de la Universidad de Chile, que fue intervenida. Eso determinaba muchas cosas: por un lado, nuestra relación tutelar con esa casa de estudios, a la que debíamos rendir exámenes finales en cada asignatura…y ese examen valía 50% de la nota del curso, o sea uno se jugaba el año en ese examen con la Universidad de Chile. Pero aun así, con esa tutela militar en la academia y en el país, la escuela era un espacio de libertad, de mucha reflexión crítica, de cuestionamientos con respecto a lo que era el ejercicio profesional en un contexto como ese.

-¿Qué recuerdos guardas de tus años de estudio en la UDP? ¿Qué ramos son los que más te gustaron de -la carrera?

Para mí hubo tres hitos críticos que decidieron mi vocación por lo social-comunitario. Yo cursaba primer o segundo año, y Domingo Asún organizó una salida con estudiantes para que levantáramos datos sobre salud mental en una población ubicada en el norte de Santiago, por Huechuraba… y fuimos varios de nosotros a aplicar las encuestas en un campamento que había sido allanado por las fuerzas de orden en reiteradas oportunidades por lo que las señoras que contestaban nuestras preguntas tenían evidentemente fuertes impactos en su calidad de vida, en su salud mental, lo que se denominada stress psico-social.

Un segundo hito, similar, fue en torno al tercer año de la carrera cuando a través de la cátedra de psicología social la profesora María Isabel Toledo nos contactó para apoyar un proyecto en una población de Estación Central. Esto significó otra salida a terreno relevante para mí… fuimos solo tres alumnas, María Elena Varela, Alejandra Reyes y yo con la profesora al vertedero de Lo Erráruriz. Esta vez visitamos unas mediaguas instaladas en los alrededores y la situación era abrumadora. Por un lado, los pobladores más antiguos nos describían todos los problemas de higiene, de salud ambiental y de salud mental producidos por la vecindad del vertedero… abrían las cañerías de agua para que oliéramos el olor a gas que salía de manera muy patente. Lo más impactante fue ver un par de casas instaladas en el borde mismo del vertedero y como este basurero de la ciudad servía de lugar de alimentación para algunas personas… Fue muy duro.

El tercer hito para mí durante la carrera fue en el año 1989, cuando Ignacio Martín-Baró visitó la Escuela de Psicología. El era psicólogo social, sacerdote jesuita español radicado en el país centroamericano de El Salvador, quien había hecho una experiencia de vida y profesional en el contexto del conflicto armado de los años ’80. Como teórico de la Psicología de la Liberación Martín- Baró nos entregó herramientas conceptuales y analíticas para poder comprender, asimilar y abordar realidades tan límites como las que se vivían en Centroamérica y acá en el cono sur, bajo las diferentes dictaduras de los años 70s y 80s en el continente. Recuerdo que compartimos en diferentes instancias de reflexión y que fue un espacio de crecimiento y de madurez muy importante. Al poco tiempo de haberse ido del país, nos llegó la noticia de su muerte, asesinado junto a Ignacio Ellacuría y otros religiosos y religiosas por el Ejército salvadoreño. A una sala de la Escuela de Psicología en el primer piso, le pusieron su nombre y una plaza recordatoria.

-Tu trayectoria profesional está ligada al tema de salud intercultural y trabajaste en un Centro de Documentación Mapuche en Temuco. ¿Cómo es que llegaste a ese tema y a Temuco? ¿O será que eres del Sur y eso siempre estuvo en ti?

Andrea Álvarez con la socióloga Emilia Cosiguá de la Universidad de San Carlos en 2009

Claro, soy del sur, nací en Concepción… y uno podría relacionar mi trayectoria con mi vinculación con los territorios sureños, y seguro hay algo de eso. Pero, creo que, sobre todo, hay que relacionarla con lo que te comentaba recién: con mi experiencia como estudiante de Psicología en la UDP. Sin duda, que soy del Sur con s mayúscula, porque las problemáticas que me interpelan se ubican en espacios geopolíticos que se reproducen desde los márgenes, no desde la metrópolis, ni desde los centros de poder, de hegemonía… y eso creo que ha determinado mucho de mi trayectoria profesional. Al salir de la carrera la vida me llevó a Chillán y tuve entonces la gran oportunidad de enfrentarme cara a cara a la ruralidad, a lo no urbano o no tan urbano, y eso fue un gran desafío porque los psicólogos estamos formados principalmente desde teorizaciones urbanas y para abordar e intervenir en contextos urbanos. Si bien hay algunos desarrollos en función de los contextos urbano-populares, en general el campesinado, la ruralidad, las meicas, las parteras, las campesinas no son el foco de nuestra atención. Tampoco lo indígena. Y al irme al sur, con esta mirada desde el Sur, desde los márgenes empecé a buscar y a desarrollar herramientas para el análisis, comprensión y abordaje de estas realidades otras, del Chile profundo…

Trabajé en la Universidad de Concepción, en Chillán, con colegas agrónomos, ingenieros ambientales, ingenieros agrícolas en equipos interdisciplinarios sobre procesos productivos de los/as campesinos/as y sobre todo en los aspectos organizacionales y culturales ligados a la producción. Hicimos investigaciones-acción en desarrollo sustentable; en una palabra, lo que se conoce como sociología rural. También trabajé en una investigación Fondecyt con un reconocido lingüista de la universidad y con una colega socióloga en torno al imaginario sobre el proceso de salud/enfermedad que construían los agentes de salud oficial y de la medicina popular y medicina mapuche.

Luego, decidí estudiar una maestría en desarrollo rural que impartía la Universidad Católica de Temuco. Junto con ello, me desempeñé como académica en la Universidad Diego Portales, que en ese momento había abierto un Campus en las afueras de Temuco. Allí la UDP impartía algunas carreras como Psicología, donde estuve haciendo clases en el área de psicología comunitaria, intervención psicosocial y en metodologías cualitativas de investigación.

-¿En qué hiciste tu tesis de magister?

Mi tesis de magister fue una continuidad de lo que venía desarrollando en la región de Ñuble y del Bío Bío con respecto a las diversas significaciones que construían distintos actores sobre el proceso salud/enfermedad. Esta vez, lo enfoqué en un hospital rural intercultural mapuche, contrastando las perspectivas de los pacientes usuarios, principalmente mapuche, con las perspectivas de los funcionarios y equipo médico, compuesto de manera intercultural. Como “buena investigadora”, me inscribí en un curso de mapudungun que impartía el Instituto de Estudios Indígenas de la Universidad de la Frontera. Allí tuve como profesores a dos grandes colegas mapuche: Pablo Marimán, historiador del Centro de Documentación Mapuche, y Millaray Painemal, actual vice-presidenta de la ANAMURI, la Asociación Nacional de Mujeres Rurales en Indígenas. Era el año 2002 y adquirí nociones básicas de mapudungun, y sobre todo aprendizajes de la cultura y cosmovisión mapuche. También impartían clases María Díaz y un gran profesor y sabio, que ya falleció, don Manuel Manquepi, que era además de una gran ternura.

-Entiendo que hiciste un Doctorado en Antropología en México, ¿cómo es que llegaste a tomar esa decisión?

Campesina Aymara Chulluncane, 2015.

Durante mi investigación de tesis de magister, se me solicitó a modo de reciprocidad con el establecimiento sanitario, que yo hiciera una práctica profesional de 1 año, mientras hacía el trabajo de campo. Entonces yo atendía, un día a la semana, a pacientes mapuche del Consultorio externo del hospital rural, de manera gratuita, en un servicio que el hospital no brindaba: atención en salud mental. Era muy divertido porque no había muchos box disponibles y me asignaron el box de la dentista, con silla dental incluida…. era muy especial.

En ese ejercicio clínico-comunitario, una situación que me llamó poderosamente la atención fue que algunos pacientes venían por problemas de relación con sus cónyuges o sus hijos, que podríamos clasificar como problemas de violencia intrafamiliar. No eran demasiados casos, pero a diferencia de otras “problemáticas de salud mental”, la VIF no había sido abordada en la literatura por la etnopsiquiatría, la etnopsicología o la antropología médica. Además, la violencia hacia la mujer implicaba considerar una perspectiva de género, lo que no era tan evidente para mí en ese momento. Tenía, entonces, lo que podríamos llamar un “problema de investigación”… y las ganas de salir del país a buscar otros horizontes. Así es como presenté un proyecto de investigación para postular al programa de Doctorado en Antropología en la Universidad Nacional Autónoma de México, UNAM.

En un principio pensé en Guatemala, porque había visitado ese país el año anterior y había quedado extasiada ante la densidad, profundidad y vigencia de las culturas mayas. Pero, por la situación de pobreza estructural guatemalteca no habían programas de Doctorado en Antropología social o en Estudios de Género a los que les pudiese interesar mi proyecto de investigación. Así es que me fui a México, país vecino de Guatemala donde están presentes muchas de las cultura mayas del área de Mesoamérica y que además cuenta con una trayectoria académica envidiable en antropología, estudios culturales, etnohistoria y otras áreas similares.

-Y ¿Cómo fue estudiar y vivir en México?

Los Altos de los Cuchumatanes Huehuetenango Guatemala 2008.

Vivir y estudiar en México fue una de las experiencias más importantes de mi vida, en muchos sentidos. El programa de doctorado que cursé tenía una gran flexibilidad que le permitía al doctorante ser quien rigiera el contenido de los ramos en la parte lectiva, pero también el curso y el ritmo del proceso de investigación. Yo creo que nunca me sentí tan libre como en México, y eso porque la cultura mexicana tiene ese sello, el respeto de la libertad personal, pero también porque mi profesor guía, el antropólogo chileno, Hernán Salas, tenía esa forma de conducir el proceso de tutoría de investigación de sus alumnos doctorantes. Y tan así fue que me doctoré en la UNAM en México D.F, pero el trabajo de campo lo hice en Guatemala… trabajé en el nor-occidente guatemalteco con comunidades maya-mam sobre los conflictos conyugales que estaban al origen de la violencia intrafamiliar en este pueblo. Eso me llevó a trasladarme a la ciudad de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, para desde allí viajar cada cierto tiempo a realizar mi trabajo de campo al otro lado de la frontera sur de México, en Guatemala. Era un viaje de 5 horas que se hacía por tierra hacia Centroamérica.

Te comento, además, que allá tuve la grata sorpresa de reencontrarme con el legado de Ignacio Martín-Baró entre colegas psicólogos sociales guatemaltecos que fueron quienes me abrieron las puertas hacia las comunidades y familias mayas en Huehuetenango. Claro, porque la violencia hacia la mujer en contexto maya guatemalteco no podía entenderse sino en el contexto de otras violencias que han azotado el continente latinoamericano, donde El Salvador y Nicaragua son los países que han tenido las guerras internas producto de feroces dictaduras más feroces.

Así, vas descubriendo la importancia de otras violencias sociales como el racismo hacia los mayas y hacia los pueblos originarios, la violencia política, la violencia espiritual actual y pasada, en fin, un entramado de violencias en el que la violencia hacia la mujer (y los conflictos que la originan, que era mi tema de investigación) se va reproduciendo. Así es que mis viajes al nor-occidente de Guatemala, y mi estadía por 6 meses en ciudad de Guatemala fueron muy enriquecedores. Cuando vives la violencia delictual en los grados que se presenta allá, entiendes, mejor desde la vivencia cotidiana, procesos humanos y sociales como la normalización de la violencia, pero también entiendes cómo se reproducen en el mismo espacio formas de resistencia, de resilencia, de no violencia que son admirables. Desde que me vine a Chile sigo viajando a México para asistir a congresos y reuniones académicas, para visitar amigos…. y espero poder concretar nuevas estadías en Guatemala, aunque es difícil por la situación del país.

Finalmente, ¿Cómo te proyectas en el futuro de aquí a 5 años?

No lo tengo tan claro, y la verdad es que la incertidumbre y el misterio de lo que está por venir tiene su lado atractivo en la medida en que te abres a oportunidades y a escenarios posibles, te permite re-crearte, re-pensarte… lo más probable es que me inserte en algún equipo académico nacional en el que pueda integrar de manera mucho más contundente mi perspectiva cultural antropológica mirando hacia el desarrollo conceptual de la psicología social comunitaria… estoy pensando en campos como el de la psicología política, donde ya me he integrado a través de la Red de Psicología Política, y también visualizo campos emergentes como el de la Psicología Rural.

*Entrevista realizada el año 2015 (Comunicaciones Facultad de Psicología UDP).